Federico Arreola
Recibí este lunes muy temprano una llamada. Era un amigo. Ejecutivo de una firma de consultores. "Ya basta", me dijo. "He leído en tu blog ataques infames al Ejército Mexicano".
El timbre del celular me había despertado. Pasé, en Monterrey, una mala noche. Algo que comí me hizo daño y durante horas permanecí en la cama con los ojos abiertos. Pasaba de las cinco de la madrugada cuando, por fin, pude conciliar el sueño. Así que a las siete seguía yo dormido.
Me molestó el tono usado por el abogado. Porque es abogado el que me llamó. Graduado en el extranjero, experto en derecho ambiental e inmobiliario, le gusta asesorar periodistas en toda clase de asuntos legales. Lo conocí hace muchos años cuando se dio, en Nuevo León, un debate acerca de la ubicación de una procesadora de basura.
Como el abogado juega en el equipo de los que preferimos madrugar en vez de desvelarnos, me llamó, dijo, en cuanto terminó de leer la columna de Ciro Gómez Leyva. Pero, contra mi costumbre, yo no había despertado a las siete de la mañana. Así que lo mandé al carajo y le exigí que si tenía algo que reclamar relacionado con los contenidos del SDP, lo hiciera por escrito.
Lo hizo. Unos minutos más tarde leí en el Blackberry un mensaje breve: "Defínete, ¿eres de los que atacan o de los que defienden al Ejército? ¿Eres de los que apoyan la lucha contra el crimen organizado o de los propagandistas de las mafias? Porque en tu blog he leído basura acerca del Ejército que solo beneficia al narco, acaso basura pagada por el narco. Lee a Gómez Leyva, él expresa con pluma profesional lo que sentimos muchos ciudadanos de a pié".
Le respondí: "Conducir un BMW de los grandes como el tuyo, no es andar precisamente a pié. Voy a leer a Ciro. Saludos".
Leí la columna de Gómez Leyva titulada "En defensa del Ejército mexicano". Estoy de acuerdo con la mitad de lo escrito por este periodista: no hay evidencia de que nuestro ejército sea genocida y torturador. La tropa ha cometido abusos, es verdad, pero no son tantos como para culpar a toda la institución.
Es lo que yo pienso. Pero puedo estar equivocado, desde luego. Puede ser que tengan razón los que denuncian que el Ejército viola a diario los derechos humanos de las personas a las que detiene. Es difícil saber la verdad.
El tema es delicado y merece un análisis profundo, que tal vez solo podrá realizarse con objetividad con una perspectiva histórica, es decir, años después de que haya terminado la absurda guerra de Calderón contra el narco.
Por lo pronto, con la información disponible me sumo a los que defienden la honorabilidad de nuestras fuerzas armadas. Pero condeno, por supuesto, a quienes, como Gómez Leyva y el abogado que me llamó, sugieren con absoluta ligereza que trabajan para el narco los analistas que critican al Ejército mexicano.Tales posiciones me parecen, simplemente, invitaciones a la represión. Es que, si los críticos de las fuerzas armadas, como dice Gómez Leyva, beneficiaran al crimen organizado, entonces tales críticos tendrían que ser tratados como criminales. Lo que es, de plano, inaceptable.
El timbre del celular me había despertado. Pasé, en Monterrey, una mala noche. Algo que comí me hizo daño y durante horas permanecí en la cama con los ojos abiertos. Pasaba de las cinco de la madrugada cuando, por fin, pude conciliar el sueño. Así que a las siete seguía yo dormido.
Me molestó el tono usado por el abogado. Porque es abogado el que me llamó. Graduado en el extranjero, experto en derecho ambiental e inmobiliario, le gusta asesorar periodistas en toda clase de asuntos legales. Lo conocí hace muchos años cuando se dio, en Nuevo León, un debate acerca de la ubicación de una procesadora de basura.
Como el abogado juega en el equipo de los que preferimos madrugar en vez de desvelarnos, me llamó, dijo, en cuanto terminó de leer la columna de Ciro Gómez Leyva. Pero, contra mi costumbre, yo no había despertado a las siete de la mañana. Así que lo mandé al carajo y le exigí que si tenía algo que reclamar relacionado con los contenidos del SDP, lo hiciera por escrito.
Lo hizo. Unos minutos más tarde leí en el Blackberry un mensaje breve: "Defínete, ¿eres de los que atacan o de los que defienden al Ejército? ¿Eres de los que apoyan la lucha contra el crimen organizado o de los propagandistas de las mafias? Porque en tu blog he leído basura acerca del Ejército que solo beneficia al narco, acaso basura pagada por el narco. Lee a Gómez Leyva, él expresa con pluma profesional lo que sentimos muchos ciudadanos de a pié".
Le respondí: "Conducir un BMW de los grandes como el tuyo, no es andar precisamente a pié. Voy a leer a Ciro. Saludos".
Leí la columna de Gómez Leyva titulada "En defensa del Ejército mexicano". Estoy de acuerdo con la mitad de lo escrito por este periodista: no hay evidencia de que nuestro ejército sea genocida y torturador. La tropa ha cometido abusos, es verdad, pero no son tantos como para culpar a toda la institución.
Es lo que yo pienso. Pero puedo estar equivocado, desde luego. Puede ser que tengan razón los que denuncian que el Ejército viola a diario los derechos humanos de las personas a las que detiene. Es difícil saber la verdad.
El tema es delicado y merece un análisis profundo, que tal vez solo podrá realizarse con objetividad con una perspectiva histórica, es decir, años después de que haya terminado la absurda guerra de Calderón contra el narco.
Por lo pronto, con la información disponible me sumo a los que defienden la honorabilidad de nuestras fuerzas armadas. Pero condeno, por supuesto, a quienes, como Gómez Leyva y el abogado que me llamó, sugieren con absoluta ligereza que trabajan para el narco los analistas que critican al Ejército mexicano.Tales posiciones me parecen, simplemente, invitaciones a la represión. Es que, si los críticos de las fuerzas armadas, como dice Gómez Leyva, beneficiaran al crimen organizado, entonces tales críticos tendrían que ser tratados como criminales. Lo que es, de plano, inaceptable.


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